La vida literaria del país donde yo había nacido consistía principalmente en jóvenes provincianos que aspiraban a convertirse en escritores y recorrían todo el camino desde las tristes provincias hasta la capital y allí malvivían y enviaban cartas a sus familias y a veces volvían a las provincias y a veces se quedaban y se convertían en escritores capitalinos de pleno derecho, es decir, en escritores que sólo escribían sobre la capital y sus problemas, que pretendían pasar por los problemas de una ciudad pobre del sur de Europa y no por los de una capital latinoamericana, que es lo que aquella ciudad realmente era. Uno de esos problemas —aunque, desde luego, uno de los menos importantes— eran los propios escritores de provincias, que solían visitar los talleres literarios de otros escritores de provincias que hacía tiempo habían llegado a la capital y ya no eran escritores de provincias o fingían no serlo, o escribían en pensiones cochambrosas o en las casas que compartían con amigos, provenientes por lo general de las mismas provincias, y después trabajaban en tiendas o en estancos o —si eran afortunados— en librerías, casi siempre en horarios ridículos que acababan impidiendo que pudieran dedicarse seriamente a escribir, con lo que, tarde o temprano, los escritores de provincias terminaban odiando la literatura, que practicaban con la lengua afuera, escribiendo en autobuses repletos o en el metro, porque ésta les robaba unas horas de sueño imprescindibles para aguantar a sus jefes y los clientes y al clima y a los largos viajes en autobús o en metro, y porque ésta siempre parecía estar un paso más allá del sitio donde ellos habían llegado; siempre daba la impresión de que los escritores de provincias iban a alcanzar la literatura en su siguiente relato o en su próximo poema, que estaban a las puertas de un descubrimiento que, sin embargo, los escritores de provincias no estaban en condiciones de realizar porque, lamentablemente, para escribir se necesita haber dormido al menos seis horas y tener el estómago lleno y, en lo posible, no trabajar en un estanco. Más aún: uno puede escribir mal dormido y con un hambre atroz, pero nunca trabajando en un estanco; es triste, pero es así.
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Los escritores de provincias suelen ser rescatados de su sueño de convertirse en escritores, que es un sueño terrible que cuesta mucho abandonar, cuando sus padres mueren en sus provincias y les dejan una casa o una pequeña fábrica o, en el peor de los casos, una viuda y unas cuantas bocas que alimentar y el escritor de provincias debe regresar a su provincia, donde invariablemente acaba poniendo un taller de literatura; en él predica las bondades de la capital y convence a sus alumnos de que allí sucede algo realmente y los alumnos acaban marchándose más pronto que tarde a la capital para convertirse, ellos también, en ella, en escritores de provincias, y así se repite todo el ciclo, como el ciclo vital de las ranas.
—Patricio Pron, “Algunas palabras sobre el ciclo vital de las ranas”, en La vida interior de las plantas de interior.